El tiempo es como un ave carroñera que atraviesa el desierto en busca de presa. Nuestra vida termina siendo muchas veces como un niño africano que atraviesa la sabana sin alimento ni agua.
El tiempo persigue, nos observa y en determinado momento nos devora como alguna vez lo devoramos nosotros también, en esos momentos de ocio, de soslaya responsabilidad.
El tiempo es la soga que pende del árbol, y nosotros los vivientes cansados con ideas suicidas. Una andada de las manijas es un paso al abismo y en el abismo la suerte del perdedor la que nos espera. El tiempo no existe, es un fantasma, es un ánima perpetua que aterra y confunde, pero pena entre los pasillos de la facultad, en los rincones de la habitación, en las esquinas y bajo la sombra de los ficus, o en una cancha de fulbito.
Nada caminaría bien si no fuese por la presión temporal y quizás todo sería mejor sin ajustarnos a esa muñequera que llevamos con lujuria sin darnos cuenta que es ella quien nos lleva a nosotros. Un reloj brazalete no es mejor a otro. Son sólo dos imágenes del mismo carril, en una autopista que nunca acaba y donde nunca sabremos como llegamos ahí.
Y el tiempo es la madrastra engañada, y nosotros los bastardos en casa ajena, mientras llueve en el patio trasero el tiempo sigue corriendo y nuestros dedos cabalgan en la mesita de noche. Y soy menos yo y más parte de tiempo.
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